UNO PIENSA EL BAYO Y OTRO LO ENSILLA

Significado de la expresión UNO PIENSA EL BAYO Y OTRO LO ENSILLA:  Mientras uno piensa (da pienso), es decir, mientras cuida, atiende o se ocupa del bayo (caballo cuyo pelo es dorado claro), otro le o lo ensilla. La frase se usa en traslaticio sentido figurado: mientras uno está distraído y se descuida o no tiene la prevención debida, otro se aprovecha de ello para su propio beneficio.

  • Este refrán se dice de varias formas, todas ellas englobadas en el siguiente formato, donde lo entre corchetes es optativo: UNO PIENSA (o CUIDA) EL BAYO Y OTRO [EL QUE]  LE (o LO) ENSILLA.

Ejemplos de uso:

  1. Estaba yo dándole conversación a una chica a la que acabábamos de conocer un amigo y yo. Iba con otra, y yo fui quien entabló conversación con ellas. Nos sentamos en una cafetería los cuatro. Y notaba que, mientras yo le hablaba ella, miraba a otro sitio. ¿Cuál era ese sitio misterioso? Pues donde estaba sentado mi amigo. Un caso clavado de lo de que uno piensa el bayo y otro lo ensilla. Yo hice todo el trabajo y fue otro quien lo aprovechó. Se la encontró en bandeja. Porque de mí pasaba total. Sólo tenía ojos para él; qué cosa, ni siquiera se molestaba en disimular por cortesía hacia mí, no fuera a ser que el otro no se diera cuenta de que estaba coladita por él. Lo dicho: un caso clamoroso de uno cuida el bayo y otro el que le ensilla. Sin cortarse un duro, oye, qué cosa. A mí me habría dado corte, pero ella… O a lo mejor ni se daba cuenta. Una cosa elemental, vamos: «me gusta, pues lo miro». Seguramente fue así, que ni se le ocurriera la posibilidad de disimular, para no ofenderme.
  2. [Situación: Siglo XVI. Dos jóvenes, hijos de caballeros principales, se dirigen de Burgos a Salamanca, en cuya universidad van a cursar estudios. Les acompaña un ayo que los ha de gobernar. Al llegar a Valladolid, los jóvenes dicen al ayo que quieren quedarse en esa ciudad dos días para verla. El ayo les amonesta severamente por ese gusto, pues él tenía pensado evitar el gasto de la estada en poblado esa noche y hacerlo en el pueblo de Valdeastillas, cuatro leguas adelante. De ese modo podrían repartir en dos días las dieciocho leguas que hay entre Valdeastillas y Salamanca. Quedándose en Valladolid, serán veintidós leguas a repartir en esos dos días].  Pero como uno piensa el bayo y otro el que le ensilla, todo le sucedió al revés de lo que él quisiera [finalmente accedió al deseo de los jóvenes y se quedaron en Valladolid un día].  Miguel de Cervantes Saavedra. La ilustre fregona (novela de 1613).

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